Pasa el tiempo y la vida tiene pocas cosas nuevas que ofrecer, todo convertido en un entorno de carácter erótico-épico-cíclico y patético: erótico porque al final en todo o en casi todo se acaba encontrado gozo (aunque tengas que ir a buscarlo dentro de un jodido pozo), épico porque incluso lo más rutinario se convierte en una aventura (tirar p’alante con los tiempos que corren es una mezcla de heroicidad y mendicidad heroica), cíclico porque al final cada mañana se convierte en el guión de una genial película de Bill Murray que tristemente no recuerdo y no tengo ganas de buscar por Internet, y patético porque no hay nada más patético que intentar ver gamas de negros y blancos en un entorno monocromo de grises que no varían ni un ápice en su coloración. Y entonces, cuando menos te lo esperas, descubres algo nuevo, un sentimiento, que surge como un volcán: el odio.
El odio surge sin esperarlo y casi sin invitarlo; y digo casi porque es evidente que en algún lugar de nuestro corazón estamos predispuestos a su llegada, porque siempre hay algún motivo o suma de ellos que llena el corazón de estiércol y el estiércol es estupendo para cultivar algo. Y el odio es fácil de cultivar, porque no requiere casi de cuidados, porque es uno de los pocos frutos que nace en terrenos yermos, áridos y secos, y porque crece a un ritmo vertiginoso, casi increible. Y, además, el odio alimenta, evitando que seas un ser apático; te da fuerzas y energía, hace que pienses con maravillosa claridad, te convierte en un ser astuto. Y, lo más importante, te permite ser paciente; y paciencia sin duda es lo que me sobra. Así que, por ahora, disfrutaré de este nuevo sentimiento, dejando que fluya caliente como lava de un volcán hawaiano, denso, hirviente pero tranquilo a la vez, hasta que llegue el momento en el que, como el Krakatoa, el volcán reviente, arrastrando el principio, la causa, el motivo y el fin de ese odio que me susurra al oído. Ni perdono ni olvido.