Durante muchos años, he buscado muchas cosas: un trabajo, una vida que vivir, algo que me permite tener una idea de lo que quiero para mí; he aguantado sinsabores, gran cantidad de “trabajos basura”, he luchado, porfiado y peleado por tener algo a lo que aferrarme… Y lo he encontrado a más de 3000 km (querría haberlo puesto en millas como agradecimiento al lugar donde he sido acogido, pero no he sido nunca un gran conversor de medidas, y hay cosas que no se pueden medir). Hoy por hoy, puedo decir que el 95% de lo que quería para mi vida lo tengo, y lucho cada día por mantenerlo, por tenerlo y no perderlo, por seguir así, porque cada trazo del presente que pinté y pinto en este papel sea tinta que se mantenga en el futuro, en este futuro que a su manera me sonríe. Pero hay un 5% de peso que se perdió en mitad del Océano Atlántico y nunca podré llenar, cosas que se quedaron atrás y que son lo único que a veces me hacen recordar que todavía no he olvidado como se derrama una lágrima. Por eso, hoy, algo más de un año después, he vuelto a ser humano y he vuelto a beber de la botella de la melancolía. Por muy lejos que esté, hay una parte de mí que siempre estará con vosotros. No os olvido porque sóis lo que me hizo ser aquello de lo que me enorgullezco ahora, porque no se ha podido tener mejores maestros de armas para el combate de la vida. Esté donde esté, os quiero…
Archivo de 16 enero 2012
De espadas, lienzos, balanzas y sentimientos…
enero 16, 2012El árbol de Karl Marx
enero 6, 2012Señoras y señores, terminó la navidad; se acabaron los conciertos de zambomba y pandereta, los villancicos, las burbujitas de Freixenet (aunque con tanta crisis, este año se habrá brindado con vino Tío de la Bota), los regalos, el Gordo y el Niño, los belenes y el arbolito. Y cuando pienso en el arbolito, me pregunto: ¿alguien se acuerda del árbol? Me explicaré convenientemente.
Supuestamente, el árbol de Navidad representa eso mismo, la Navidad. Pero el árbol se asocia con los adornos, la estrellita, los regalos al pie del árbol, las comilonas que las familias españolas se darán entre abrazos, besos, felicitaciones, las uvas que nos comemos al son de las campanadas y las voces de Anne Igar…whatever y José Mota (al parecer, Ramón García hizo de su famosa capa un sayo y marchó en busca de nuevos horizontes), las luces (supermegahipergigacanis en ocasiones) con que lucirá (oh, factura de la luz, oh crisis) durante estas “entrañables” fiestas y, en definitiva, un jodido deja vú gastronómico-lúdico que se repite año tras año y que transcurre alrededor de esa plantita de la que nadie se acuerda. ¿La razón y la causa de que todo se haga a su alrededor pero nadie repare en su presencia? El consumismo, señores, el consumismo.
Vivimos en una sociedad en la que el que manda es el que más tiene y lo que manda es lo que se posee. Queremos perfumarnos con Hugo Boss o Channel Nº 5 (por tu cuenta bancaria te la hinco, como dice el popular chascarrillo), aspiramos a tener el mejor coche con el motor más grande y nosecuantos caballos de potencia (qué más dará si no se puede circular a más de 110 si eso de que te pille la Guardia Civil nunca me va a pasar a mí), comer todo el día de restaurantes, dejarnos 60 eurazos en un cotillón de donde saldremos con una mezcla de alcohol, garrafón y principio de resaca y vomitona que ríase usted de los brebajes que ideaba el gitano Melquíades en “Cien años de soledad”. Y todo eso es lo que nos hace ser felices, hasta llegar a crearse un arquetipo de persona que une a fascistas y rojos, a gays y heteros, a canis e intelectuales; es el advenimiento del “Yoquiero” (Llokiero, como lo llamarían en lenguaje sms), adorador fiel del nuevo Mesías que también nace en Navidad: el vil metal, Don Dinero poderoso caballero.
Así pues, pese a que cada vez quien más tiene tiene más y quien tiene menos menos tiene (la vida, como la economía, es un inmenso trabalenguas lleno de palabras estúpidas que solo sirven para demostrar que se habla en vez de rebuznar), seguimos pensando que todo pasará y que nos despertaremos de este mal sueño, que los sueños, sueños son. Ya lo decía Don Pedro Calderón de la Barca:
“Sueña el rico en su riqueza que más cuidados ofrece,
sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza,
sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende,
y en el mundo en conclusión, todos sueñan lo que son
aunque ninguno lo entiende”.
En definitiva, la sociedad del capitalismo nos ha llevado a convertirnos en seres esclavos del vil metal que sólo aspiran a poder echar mano de una Visa Oro (oro, vil metal otra vez y sino que se lo pregunten al Rey Midas) para poder dejar de lado una vida de “curritos” (perdón, de curritos no, que según Cayetano de Alba, en Andalucía no se trabaja porque no hay esa disponibilidad para ponerse el yugo cuando a él y a su caballo ese para dar saltitos les salga de las pelotas… que pese a ser pelotas de un Grande de España, no dejan de ser pelotas) y poder aspirar a vivir ese sueño del “Dolce Far Niente”, que es ser un NiNi pero con dinero y ¿clase?. Señoras y señores, y con esto termino, cuando veo estas cosas no puedo dejar de pensar en la estúpida felicidad que los Eloi del excelente libro “La Máquina del Tiempo”, de H.G. Wells sentían sin poseer prácticamente nada. Los Eloi eran estúpidos por vivir como animalillos sin poseer nada y nos hemos convertido en estúpidos por necesitar incluso lo que es accesorio para convertirlo en fundamental. ¿Es la idiotez mental una característica común a la especie humana, haga lo que haga y tenga lo que tenga? Personalmente, a riesgo de parecer estúpido, optaré por decir la famosa frase de Sócrates esa de “Sólo sé que no sé nada”.