Parece que todo va bien por fin; comienzo a tener todo por lo que siempre he luchado (pese a que siempre cuesta dar el paso que supone dejar personas que queremos atrás): un trabajo, la posibilidad de vivir en el extranjero… en definitiva, una vida propia, algo que he buscado mucho tiempo, sin detenerme en estaciones ni en peajes porque no tengo monedas ni tiempo para buscarlas. Quiero seguir mi camino de baldosas amarillas, aterrizar en la Luna con un paracaidas de ilusiones, correr sin motivo y sin pausa, abarcar millas quemando ruedas, madurar y crecer sin dejar de ser Peter Pan, atiborrarme de experiencias sin fecha de caducidad, volar sin alas y sin temer que el vertigo me ciegue o, como Ícaro, me haga llegar más alto para después caer. Y hoy… he descubierto que el cajón donde atesoraba tus recuerdos está vacío, y quiero llenarlo con mi vida, con la vida que escriba a partir de ahora, con renglones torcidos o rectos, pero con la pluma que yo elija, con la tinta que yo escoja aún a costa de que se reseque para la próxima vez, pero siento que ya no queda peso que evite que llegue hasta donde quiera llegar. Deseo que alguien llegue a, valga la redundancia, guardar todo lo que yo he guardado, que tu recuerdo sea la gasolina que haga rugir el motor de otro corazón, que alguien sepa lo que es el roce de tus manos, tus palabras y tu cuerpo, deseo que quieras y seas querida, que ames y seas amada, pero no deseo ser yo; que tu felicidad sea máxima y yo pueda compartirla sonriendo desde la distancia. Que, como diría El Canto del Loco (pese a que nunca me ha gustado ese grupo), Campanilla te cuide y te guarde…
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