Archivo de 30 julio 2011

El atolón social

julio 30, 2011

Decía John Donne que ningún hombre es una isla. Nos necesitamos unos a otros y, para ello, intentamos anexionarnos las islas más cercanas, incluso las más lejanas, buscando crear una intrincada red de continentes, islas, atolones e incluso rocas perdidas en mitad del océano, en busca del Grial de la Popularidad. Sí, queremos ser populares, queremos disfrutar de los famosos quince minutos de gloria que predicaba Andy Warhol, buscamos ser el ying y el yang de la socialización, y todo eso… ¿para que?

¿Hay algún objetivo en querer ser conocido? Pasan por nuestras vidas amigos, conocidos, vecinos, compañeros de copas, amigos íntimos, parejas, follamig@s y creemos (o queremos creer) que todos y cada uno de ellos dejan una impronta en nosotros; pensamos que de cada relación que establecemos obtenemos algo que conforma nuestra personalidad e imaginamos que, en mayor o menor medida, somos lo que somos debido a la gente que conocemos. ¿Es eso cierto? ¿Necesitamos conocer gente de cara a construir nuestro Yo y nuestro Super-Yo?

Todo esto viene a cuento de las redes sociales. Hoy me he sorprendido al ver que tengo más de 400 amigos de facebook, con el 95% de los cuales no habré intercambiado ni una palabra o, en caso de haberlo hecho, ha sido en tiempos pretéritos, en mi anterior trabajo, cuando mi ayuda era necesaria. Así pues, mi personalidad no era modelada por estas relaciones sino, al contrario, estas relaciones se basaban en una especie de contrato social de tipo Quid Pro Quo en el que siempre era la otra persona la beneficiaria y beneficiada, asumiendo yo el rol de benefactor. ¿Me convierte ello en mejor persona? No sé hasta que punto ya que, si bien es verdad que debido a ello mi número de amigos de Facebook se multiplicaba (lo que en principio indicaría que soy muy güay) todo obedecía a un recurso que, bajo ciertas circunstancias, tenía una razón y raíz de tipo académica e interesada en la que curiosamente, no había razón aparente para que yo despertara el interés de esa persona. Así pues, todo se convertía en una manera de burlar al sistema, de conseguir un modo alternativo de resolver dudas para las que la otra parte de este contrato social no necesitaba personarse en la oficina o plantear de manera oficial. Y yo nunca me negué a seguirles el juego. ¿Quizás porque realmente soy bueno? Probablemente, porque además o en vez de ser bueno… soy tonto.

Tonto por haber pensado que intentar ayudar me acerca más a las personas, tonto por querer creer que dejarte la piel por los demás redunda en quedar en algún remoto e ignoto lugar de su recuerdo, tonto por pensar que, de vez en cuando, todos esos amigos de facebook pensarán de vez en  cuando: “¿Cómo le irá?”. Y las cosas no son así; de muchos de ellos no he vuelto a saber nada una vez que les saqué las castañas del fuego. Así pues, sigo rodeado de islas sin vegetación, formando una maraña de archipiélagos sociales donde las islas no son más que roca pelada tostándose al sol. Eso son las redes sociales, ni más ni menos, una simulación de ejemplo de interacción comunicativa donde no hay comunicación, la interacción brilla por su ausencia y la simulación en modo alguno es ejemplar. Así, poco a poco, como el agua expuesta al sol, vemos como la gran mayoría se evapora o se estanca. Mientras escribo estas líneas, y con esto acabo, empiezo a borrar contactos no contactados confiando en que, finalmente, mi archipiélago esté formado por islas a las que de vez en cuando envío alguna botella con un papelito que empiece una conversación o, en el peor de los casos, un miserable “Me gusta”.

 

El arrecife

julio 25, 2011

La tormenta amainaba y las primeros rayos de sol se dejaban ver mientras intentaban destrozar los nubarrones a tímidos y, posteriormente, feroces mordiscos. La lluvia caía cada vez más débilmente y el mar perdía bravura por momentos y, sin embargo, Jack no quería que descampara. Se sentía mucho más seguro cuando estaba rodeado de agua; ansiaba sumergirse en el líquido elemento, sintiéndose atado y sin aire cuando el Capitán Morris le encargaba barrer los camarotes interiores. En esos momentos en que todos sus compañeros echaban las redes al mar, él se sentía como un pez preso fuera del agua mientras se cubría de polvo y ahuyentaba a alguna rata que buscaba la tibieza de los cuartos interiores. Nunca entendería el motivo por el cual una rata podía embarcarse hacia lo más profundo del océano, a no ser que también sintiera la querencia por el mar que él tenía.

Por las noches, mientras todos dormían, Jack prefería fumarse una pipa y tomarse un café caliente en cubierta, meciéndose con el arrullo y el murmullo de las olas que parecían golpear el barco con un ritmo percusivo e hipnótico que le llamaba. Le gustaba mirar la luna en esas noches sin nubes en alta mar, escuchando el sonido silencioso del suave movimiento de la gran masa marina. Sí, en cierto modo, el mar era el padre y la madre que nunca tuvo; huérfano de padre, que salió un día en una barcaza a pescar y nunca volvió, regresó un día del muelle para ver que su madre se había hundido en un océano de pena, con grilletes de amargura que la arrastraron al fondo, de donde nunca regresó. Así que, a la edad de nueve años, se embarcó como grumete en un pesquero de mala muerte donde recibía comida y cama a cambio de su trabajo. Pero, para Jack, era perfecto, porque podía estar cerca de aquello que siempre lo había rodeado desde pequeño: el océano.

Aquella noche, soplaba una ligera brisa que serviría para enfriar los ánimos de los pescadores, pues las capturas habían sido escasas y de poca calidad, por lo que el clima que se respiraba en el barco era parecido al de un velatorio. La gran mayoría ya se habían marchado a la cama y solamente quedaban algunos pescadores que daban buena cuenta de una botella de ron mientras fumaban tabaco de contrabando. Sonaban algunos tacos de Jim Bocasucia, que parecía estar perdiendo (como de costumbre) su enésima mano al póker. Y fue entonces cuando Jack se levantó y se lanzó al agua, sin pensarlo, sin meditarlo pero igualmente sin dudarlo.

Su primer contacto con el agua le trajo a la memoria la sensación de haberse golpeado contra una pared, con el frío clavándose en sus huesos provocándole un acceso de dolor que poco a poco mutaba en líquida tibieza, en informe abrazo que lo cubría por todas las partes de su cuerpo. Jack sintió una extraña sensación de bienestar mientras se hundía, braceando hasta llegar a un arrecife coralino acompañado por enormes bancos de peces. Ni siquiera se preocupó cuando su pie se atascó en un amasijo informe de coral. Estaba donde quería estar, no tenía sentido preocuparse. Y en ese momento, Jack sonrió y abrió la boca dejando que el agua salada inundara sus pulmones y todo su ser.

Al día siguiente, los pescadores madrugaron y lo buscaron dentro del barco durante un par de horas. Matías, el viejo pescador mejicano curtido por el sol y la sal marina durante miles y miles de leguas, les dijo a todos mientras miraba hacia el horizonte masticando tabaco: “Echen las redes, muchachos, que hoy la captura será buena. El mar tiene el tributo que hace tiempo reclamaba y ese niño ya encontró al padre que fue a buscar”.

Por tu santo; sobre corazones, besos y tambores…

julio 17, 2011

Sé que sigues estando ahí, que sigues velando por mí y que nunca me va a faltar tu cariño, ese tan inmenso que siempre derrochabas conmigo. No solamente eres quien eres sino que, pese a la distancia generacional, fuiste y eres una gran amiga, siempre dispuesta a escucharme, a darlo todo por mí sin esperar nada, consiguiendo que brotaran mis besos hacia tí (pese a lo frío que soy) como un manantial para estrellarse en tu mejilla percutiendo en tu corazón. Este fin de semana habría sido otra vez tu santo, la Virgen del Carmen, y sigo acordándome de tí. Estés donde estés… te quiero, abuela…

L’oscurità

julio 11, 2011

Ahora no puedo dormir. Tiemblo solamente de pensar en cerrar los ojos, porque temo no volver a despertar, temo que no haya un después, y que el hasta luego se convierta en un adiós. Camino por la calle y ahora cualquier cosa es una amenaza; definitivamente hay un antes y un después, y temo que esto se convierta en un “para siempre”…

Mi brújula

julio 10, 2011

Posiblemente este escrito no destacará por su depurado estilo, ni por la musicalidad, ni por ingeniosas agrupaciones de epítetos ni sintagmas. No importa. Este escrito es el primero que escribo después de… bueno, después de uno de los eventos más importantes de mi vida. Me siento renacido, ni más ni menos, posiblemente en el más literal de los sentidos. ¿Qué se siente cuando estás buceando en un mar negro sin fondo? No ví ninguna luz blanca, ni ví un agujero negro, ni hubo fantasmas malignos tirando de mí o que me llamaban como en la película “Ghost”. No, lo único que ví fue tu rostro, estés donde estés, seas quien seas y aunque ni sepas de mi existencia ni puede que te vea nunca. Mientras caía y caía oí una voz que me llamaba, algo que me sacudió y me sujetó, que me hizo temblar y que me sirvió de ancla a la que agarrarme. Fue el sonido de tu voz la brújula que me indicó en que dirección bracear. Luché, me costó y estuve a punto de no conseguirlo pero, de nuevo seas quien seas y aunque nunca lleguen a cruzarse nuestros caminos, si volví… fue por Tí…


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