Decía John Donne que ningún hombre es una isla. Nos necesitamos unos a otros y, para ello, intentamos anexionarnos las islas más cercanas, incluso las más lejanas, buscando crear una intrincada red de continentes, islas, atolones e incluso rocas perdidas en mitad del océano, en busca del Grial de la Popularidad. Sí, queremos ser populares, queremos disfrutar de los famosos quince minutos de gloria que predicaba Andy Warhol, buscamos ser el ying y el yang de la socialización, y todo eso… ¿para que?
¿Hay algún objetivo en querer ser conocido? Pasan por nuestras vidas amigos, conocidos, vecinos, compañeros de copas, amigos íntimos, parejas, follamig@s y creemos (o queremos creer) que todos y cada uno de ellos dejan una impronta en nosotros; pensamos que de cada relación que establecemos obtenemos algo que conforma nuestra personalidad e imaginamos que, en mayor o menor medida, somos lo que somos debido a la gente que conocemos. ¿Es eso cierto? ¿Necesitamos conocer gente de cara a construir nuestro Yo y nuestro Super-Yo?
Todo esto viene a cuento de las redes sociales. Hoy me he sorprendido al ver que tengo más de 400 amigos de facebook, con el 95% de los cuales no habré intercambiado ni una palabra o, en caso de haberlo hecho, ha sido en tiempos pretéritos, en mi anterior trabajo, cuando mi ayuda era necesaria. Así pues, mi personalidad no era modelada por estas relaciones sino, al contrario, estas relaciones se basaban en una especie de contrato social de tipo Quid Pro Quo en el que siempre era la otra persona la beneficiaria y beneficiada, asumiendo yo el rol de benefactor. ¿Me convierte ello en mejor persona? No sé hasta que punto ya que, si bien es verdad que debido a ello mi número de amigos de Facebook se multiplicaba (lo que en principio indicaría que soy muy güay) todo obedecía a un recurso que, bajo ciertas circunstancias, tenía una razón y raíz de tipo académica e interesada en la que curiosamente, no había razón aparente para que yo despertara el interés de esa persona. Así pues, todo se convertía en una manera de burlar al sistema, de conseguir un modo alternativo de resolver dudas para las que la otra parte de este contrato social no necesitaba personarse en la oficina o plantear de manera oficial. Y yo nunca me negué a seguirles el juego. ¿Quizás porque realmente soy bueno? Probablemente, porque además o en vez de ser bueno… soy tonto.
Tonto por haber pensado que intentar ayudar me acerca más a las personas, tonto por querer creer que dejarte la piel por los demás redunda en quedar en algún remoto e ignoto lugar de su recuerdo, tonto por pensar que, de vez en cuando, todos esos amigos de facebook pensarán de vez en cuando: “¿Cómo le irá?”. Y las cosas no son así; de muchos de ellos no he vuelto a saber nada una vez que les saqué las castañas del fuego. Así pues, sigo rodeado de islas sin vegetación, formando una maraña de archipiélagos sociales donde las islas no son más que roca pelada tostándose al sol. Eso son las redes sociales, ni más ni menos, una simulación de ejemplo de interacción comunicativa donde no hay comunicación, la interacción brilla por su ausencia y la simulación en modo alguno es ejemplar. Así, poco a poco, como el agua expuesta al sol, vemos como la gran mayoría se evapora o se estanca. Mientras escribo estas líneas, y con esto acabo, empiezo a borrar contactos no contactados confiando en que, finalmente, mi archipiélago esté formado por islas a las que de vez en cuando envío alguna botella con un papelito que empiece una conversación o, en el peor de los casos, un miserable “Me gusta”.